viernes, 16 de junio de 2017

A Maca



—Están hablando de Macarena —dijo Ezequiel.
Se le cayó el durazno que estaba pelando. Lo miró estrellado contra el piso y supo que el murmullo de la televisión era una pesadilla que comenzaba. Lo supo aún antes de agacharse a recoger el durazno.
Ezequiel, con los ojos agrandados, lo miraba señalando con un dedo rígido la pantalla del televisor. Una foto, familiar, ocupaba la pantalla, con una banda roja con letras blancas, por debajo de la foto. El durazno resbalaba ahora entre sus manos, igual que las letras blancas que no alcanzaba a descifrar. No había caso, no se ordenaban. Apenas si se animaba a adivinar un “Hallan” pero no había caso con las otras letras.
Ezequiel se tapaba la cara con las manos. Eso no ayudaba mucho. La foto era tan familiar que el televisor parecía un mueble alojando un portarretrato. Conocido. Rutinario. Ausente.
Por segunda vez el durazno fue al piso cuando su hijo Ezequiel lo agarró de los brazos. Gritaba. Temblaba. Decía cosas. Otras letras se iban ordenando en la banda roja de la pantalla. “Desaparecida”. Y la foto. Algo tan raro. Tan familiar.

* * *

—“Ha… ma… ca” —le pareció escuchar.
El bracito de los tres años de Milena se estiró señalando la otra punta de la plaza. Él lo miró, siguiendo el recorrido del dedo índice hasta los juegos.
—¿Hamaca? —le preguntó a su hija, y ella lo miró extrañada. Seria. Extrañamente seria para estar pidiendo un juego.
La alzó a upa y la llevó hasta la hamaca naranja. La sentó. Milena lo miró otra vez seria, como si su padre no la entendiera. Él comenzó a hamacarla. Estaba anocheciendo y se ponía frío. Tendría que llamar a su otra hija, que jugaba algo más apartada, y regresar los tres a casa. Hamacaría un ratito a Milena.
En la otra punta de la plaza, un auto arrancaba dejando el grito de sus neumáticos por detrás. Algo se le enredó a Milena en su columna vertebral, algo frío y espeso que no la abandonaría nunca más.
Luego de un rato se dio vuelta y miró a su papá para que ya no la hamacara más.

lunes, 7 de marzo de 2016

Cisne



Aun dormido, siento la presencia a mi lado. Sin abrir los ojos ni tener conciencia del todo, sé que hay alguien al costado de mi cama. Abro los ojos para verla, porque es obvio que es ella. La expresión de Ruth, la Azul, no me deja margen para dudar. Algo está mal.
—Tenés que venir. Dice que se va a ir. Que se va a ir a morir.

Esta Ruth, a la que yo llamo la Azul por su eterno pullover azul de cuello muy alto, lleva el pelo corto, casi en coherencia con un ánimo que no admite solturas. Su rostro es duro, marcado, de ojos grandes, negros y tristes, salpicado de compasión. No puedo decir que sea linda, pero me hace muy bien sostener miradas con ella. En medio de lo difícil que es intentar cuidar a su desdoblada, Ruth, la Blanca, ese contacto visual que solemos tener, tiene el efecto de un abrazo.

Me siento en la cama, aún somnoliento. Nos miramos. Ella tiene sus manos apoyadas sobre las ruedas de su silla, como lista para rodar apenas yo acabe de levantarme.
—¿Hay que hacer algo?
Ruth, la Azul, me mira casi ensayando una sonrisa.
—Ha estado dando discursos sobre el amor hasta caer desmayada en un pasillo. La llevaron a su cuarto y despertó pidiendo verte. Verte para que le aclares algo antes de irse a morir.
La escucho y me doy cuenta, casi por primera vez, de que nadie acá está preparado para que Ruth, la Blanca, simplemente se muera. O se vaya. O preparado para entender la diferencia entre ambas cosas, si es que finalmente la hay.

Esa especie de apellido, la Blanca, se lo da el andar vestida siempre con un camisón de ese color, y sólo eso. En este Asilo de Desdoblados es común que todos estén casi siempre vestidos igual. Identificaciones sencillas, nombres y colores. Cada persona compuesta por dos, desdoblada en dos. Cada caso, un abismo propio con una especie de ángel como red. Ruth, la Blanca, es el abismo. La Azul, la red.

Y no siempre se muere a la par acá. Mi desdoblado, por ejemplo, cayó hace años dejándome solo. Por eso hoy me siento como una tercera parte de Ruth, como una red de la red cada vez más perdida en un cansancio de niebla. De alguna manera, Ruth, la Blanca, es algo tan intenso, tan devastador contra sí mismo, que necesita más de una red. Pero jamás pude adivinar si se alegra de tenernos. O si simplemente se alegra, alguna vez.

Ella oficia, a veces, de oráculo. O de lo que ella entiende que es un oráculo. Nunca sé qué placer siente en hacerlo, si es placer, pero en ocasiones necesita decir cosas que, según ella, responden al futuro, como si una mano pálida limpiara desprolijamente un vidrio empañado. Mira largo rato a los ojos de la persona, incluso cambiando el ángulo de la mirada, inclinando la cabeza a veces, como los perros cuando escuchan un sonido raro. Luego se corta un mechón de pelo, lo coloca dentro de un tazón y lo prende fuego. En los instantes que dura el crepitar que acompaña al olor desagradable, ella acerca la cara como si fuera a leer.
Una tarde, conmigo delante, se quedó callada e inmóvil un largo rato, luego de que el pelo se hubiese consumido. Y, al fin, habló.

Es una laguna cobijada por las alas de un cisne gris. El cisne planea tapando el sol y las alas arrancan palabras que parecen nadar en cada roce con el agua. Prismas sin sol no lanzan colores. El cisne está cansado y el agua ya no se puede tomar. Queda el sol olvidado, que no sabe resolver crucigramas, con todas las palabras enredadas en sus rayos. El cisne gris te mira. Necesita morir su respiro de agua entre tu sueño.

A pesar de que sólo había mosaico frío bajo nuestras piernas, yo recibí ese aleteo húmedo sonriendo triste en mi espalda. Cómplice de los ojos cerrados de Ruth, la Blanca. ¿Qué hacer con un cisne teniendo sólo mosaico por toda ofrenda de naturaleza? Imaginé una culpa tan grande como ese sol que las palabras de ella habían dibujado (había alargado exageradamente la vocal al decir “sol” luego de “prismas”, de una forma infantil que me hacía amarla sordamente, pero apenas unos contados segundos, como un flash, como la vida de un fósforo equivocado). Uno siempre siente culpa frente a Ruth, y ella se aplica en borrar todo vestigio de disculpa o de evidencia. Entonces uno siente culpa e ignorancia. Uno siente ganas de asesinarla, o de causarle un horroroso daño, sólo para encontrarle un motivo a la culpa que entorpece el propio enloquecer. Es más fácil ser culpable de un porqué. Pero ella es un hada maestra en entregar sus penas envueltas para un regalo que va presagiando continuamente cumpleaños propios, nuestros, aniversarios de penas vividas, amargos presentes que envuelven un pasado despintado, “una caja de crayones rotos”, dice y se ríe, con todos esos dientes blancos que parecen un cortejo olvidado en el Polo Norte. Una caja de crayones rotos. Suele usar esta frase para describir su infancia, y yo no puedo escucharla sin sentir inmediatamente el típico olor grasoso de los crayones, sin evitar asimilar esos colores a la sangre suelta, a la sangre fuera del cuerpo, liberada de las venas, a la sangre de Ruth vaciando su vida infante e inundando el mundo, crayones rotos, venas rotas, colores dispersos, sangre suelta, como vendida al peso, o por litro, o por pura pena sin medida. Y entonces levantarían vuelo sus discursos acerca del amor. Como si un artesano se quitara un chaleco bordado de esquizofrenia y detallara minuciosamente todos y cada uno de los hilos que lo componen. Colores, texturas, grosor, figuras, cariños huérfanos, botones malheridos y el brillo, siempre el brillo presente de algún sol que se atragantó al borde de una plaza con juegos despintados, sin nadie que la hamaque, sin agua gris en los bebederos oxidados. El amor y sus inobjetables daños colaterales. El amor y sus filos quirúrgicos de sombras en recuerdo. El amor y los murmullos asfixiados de cada latido en derredor. Y la gente del Asilo que escucha en silencio, con los ojos siempre cerrados y las manos entrecruzadas a manera de plegaria.

Es más fácil ser culpable de un porqué que ser el dueño de un puñal en pecho ajeno, ciego a su filo y sordo de su vaina. Y Ruth hace de los puñales un maravilloso mazo de naipes para construir el azar de una realidad que no se ancla jamás en ninguna cotidianeidad. Para eso está Ruth, la Azul. Para eso su silla de ruedas (jamás le pregunté por sus piernas), para eso su pullover con cuello alto (jamás le pregunté qué oculta), su mirada de grandes ojos negros que vacían el espanto como una aspiradora, tan aplicada como desgarrada. Para eso, Ruth, la Azul, las manos que limpian lágrimas o vómitos, que ajustan un torniquete en el brazo mientras sus labios apretados parecen medir el exacto detenerse a tiempo de la sangre.
Cuando la miro en silencio, en esos silencios tan marrones de nuestro Asilo, llego muy fácil a la conclusión de que su cabeza es apenas una piedra tallada con un dejo de belleza femenina, de gracia caída por mera lástima. Y luego siento culpa por mi crueldad. Junto a Ruth siempre hay culpa, como un infinito desorden de sábanas insensatas rodeando una cama triste por y para siempre.

Pero sin ella, yo ya no estaría. Ese cisne aletargado de aquella tarde de oráculo y mosaicos fríos, ya hubiese doblado la curva del sol y estaría mucho más desinteresado de mi carne que yo mismo. O que mi madre misma, si acaso me hubiese parido a la antigua usanza, en vez de agitar ofertas en la mesa de saldos de clones por puro aburrimiento. No es fácil preocuparse por la propia carne cuando se nace de una fotocopia. Yo se lo había dicho en una noche de navidad a mi madre, pero ella sólo miró el reloj y me dijo que ni a Cristo dejaba yo nacer en paz. Mi padre rezaba, con el vello de su nuca erizado, pero por el fin del mundo, esa cosa quimérica que nunca terminaba de llegar. Lo recalco, yo, sin la Ruth Azul ya no estaría. Y hacía ya un largo tiempo que eso me había llevado a pensar en que los desdoblados no somos sólo un juego de redes, sino que todo es mucho más complejo. Como si Ruth, la Azul, y yo fuéramos la red de Ruth, la Blanca, pero a su vez la Azul fuera mi red y así consecutivamente vaya a saber hasta qué horizontes de complejidad. La gente que atiende en este lugar debe tenerlo más claro. O no. O quizá sólo dejan que todo ocurra y que todo siga su curso, sea el que fuere. A ellos les dicen los Serios y no tienen otro nombre porque no usan colores, o usan uno sólo, el blanco. Algunos los respetan y otros no, porque los Serios no tienen desdoblados, son solos. Sólo tienen su seriedad. Y los que no los respetan piensan que si no tienen a alguien que sea su red, o su abismo, no pueden entender nada. Pero yo creo que ellos saben, y que su seriedad es porque lo que saben es demasiado triste. Alguna vez se lo dije a Ruth, la Azul, en una madrugada de insomnio, mientras la Blanca volaba en fiebre y cantaba imitando a los delfines, y ella sólo me miró en silencio y sus ojos se pusieron mucho más brillantes que lo que nunca le había visto.

—¿Qué cosa le puedo aclarar yo a ella?
La palaba “claro”, la claridad, era un concepto utópico entre nosotros. Una iluminación que se acaba odiando a fuerza de desearla en vano.
—Es obvio que sólo te lo va a decir ella.
—Ruth, si tengo que pasar por esto, que se haga tu voluntad y no la mía.
Una antigua fórmula. Un rezo, supongo. Un algo escrito en alguna piedra enterrada debajo del océano. Y el cisne vuela cada vez más cerca del agua. Y del sol. Y de la penumbra encerrada entre mis dientes.
—Si tuviera voluntad, ya hace rato que te la hubiese regalado. Junto a mi destino. Envueltos en los músculos desnudos de mis brazos, los que mueven esta silla de ruedas.
—Le hubiera faltado un moño.
—El calor de mis ojos, contestó rápido.
—Casi que lo tenías todo pensado.
—Claro. Pero ya lo ves, nunca tuve voluntad.
—Es por eso que…
—Es por eso que Ruth, la Azul, está donde tiene que estar. Levantando, ayudando, recogiendo, limpiando, curando, cosiendo, cicatrizando, secando, escuchando. Callando.
Una antigua fórmula. Un rezo de desesperación rasada. Un algo escrito sobre la seda caliente del alma que aprendió a olvidar todo lo que le tatuaron.

Conduzco la silla de ruedas por el pasillo.
—¿Qué vas a hacer cuando ella se vaya?
Es una pregunta al oído, con los bordes de mis labios rozando el cuello de su pullover azul.
—Ella no se va a ir nunca.
Es una respuesta al horizonte, como una piedra formando anillos en la calma desdichada de un lago artificial. Una mañana cualquiera. Mientras los pescadores miran.
—Eso es imposible.
Se lo digo bajando la velocidad con la que rodamos por el pasillo. No quiero llegar. No quiero verla. No quiero tocarla ni escucharla. Ni dejarla.
—Entonces decime qué es lo posible.
Y estamos ante la puerta del cuarto. La única respuesta. No puedo evitar pensar, con mi estupidez tan habitual como supina, en el tercero, el segundo y el primero. Y tampoco evito, esto ya a conciencia, pensar en que el primero debía de tener una respuesta clara, pero ya dije lo que la claridad provoca en nuestros ánimos.
Parados frente a la puerta del cuarto. Respuestas no hay. El tercero y el segundo habrían huido en algún amanecer de raro sol (cada vez era más extraño ver el sol, o eso que iba quedando a manera de sol) por las ventanas de la indiferencia general, de las miradas agachadas a fuerza de párpados de humillado cansancio muscular. Y el primero, sonreiría con esa inercia insensata que alberga todo dueño de una propiedad privada única.
—Incunable, dice Ruth, la Azul, sentada rígida en su silla frente a la puerta del cuarto.
—¿Qué?
—Incunable es la palabra que le falta a tu pensamiento. Una propiedad privada única e incunable.
A veces olvido la molesta capacidad de ella de leerme el pensamiento, pero de todas maneras es algo que casi nunca usa, o que sabe disimular muy bien. Jamás hace uso de esos datos, no al menos de manera evidente. Y esto me lleva a entender que mis pensamientos carecen totalmente de importancia para ella. Eso y la degradación de mi autoestima, es casi lo mismo. Pero de todas maneras ya no tiene mucho sentido esa preocupación de mi parte. Estar frente a ella es como pararme frente a un órgano propio, como sentarme al lado de mi hígado. Nada que simular.
Luego habla sin quitar la vista de la puerta cerrada. Ni mover la cabeza. Sólo su boca.
—El primero fue tu desdoblado, ya ido. El segundo sos vos. La tercera habita esta silla de ruedas. Y el cuarto es eso que tiene esa puerta por rostro.
Entonces pienso en que el juego de palabras ya patina demasiado en un hielo quebradizo. Que está bien que todo sea hielo en este instante. Que si Ruth, la Blanca, se está por ir, necesariamente todo debe helarse y entonces es lógico que un tonto juego de palabras patine por todos los pasillos del Asilo y acabe en nuestras bocas como una construcción tan sólida que causa espanto. El falso espanto de lo cierto. Pero la voz de ella es tan seria, tan de cera tallada en sílabas cobrizas y acentos como cuerdas afiladas, que no puedo más que creer.
—Como si la verdad tuviera algún valor, murmura Ruth, la Azul, tomando nuevamente el eco de mí pensar.
La puerta del cuarto se abre. Somos tres los sorprendidos, pero sólo una logra sonreír. Ruth, la Blanca, nos mira desde sus dientes, con las encías como el telón que aguarda el último acto para descansar.
—Lo siento, pero no se puede estacionar acá. En mi calle, los árboles trocan en grúas por las noches y levantan a todas las almas sencillas que, como enredaderas, se quedan a esperar el sol de las siete. Me he asomado más una madrugada por la hendija cómplice de la puerta y ni una sola queda. Todas son conducidas a remolque hasta el Depósito General de Incredulidades, en donde deben pagar la multa de su esperanza para que les liberen un poco, sólo un poco, de su aleteo magro y crepuscular. Y regresan. Yo sé que regresan. Pero cada vez un poco más olvidadas de sí mismas, más convencidas de ser otras, más deformes sus caras y más endurecidos sus ruegos, hasta que alguna noche sin luna (los árboles no trabajan sin luna que los convierta), logran atravesar la trama oscura y ver por fin el sol, pero ya para ese entonces no recuerdan quiénes son y reencarnan en cualquier cosa, un sillón, un albatros, un misil rojo, un carpintero, un jabón de glicerina… He visto cada cosa... Entonces pasen, entren, por favor.
—Nadie va a reencarnar hoy, no hay sol por buscar, no hay sol, en verdad, dice Ruth, la Azul, y yo entiendo que es el típico mensaje de una red que pretende ir conteniendo a un abismo que se asoma demasiado. Es obvio que no está en sus planes dejar ir o dejar morir a la Blanca, y es también así de obvio que no puede hacer nada al respecto. Ni tampoco entender esto último. Yo muchas veces pude ver que algunas cosas funcionan a la perfección simplemente porque alguna de sus partes ignora por completo que jamás podrá hacer lo que se propone. Pero nunca se lo dije a Ruth, la Azul; luego del brillo en los ojos de aquella vez, el miedo me pudo más. Y mucho menos a la Blanca, porque luego de escuchar que el cisne está cansado y el agua ya no se puede tomar, habría sido demasiado cruel.

Entramos en el cuarto. Sólo hay una cama absolutamente desierta. Imagino que el resto de las cosas deben estar en el primero, el segundo o el tercero. Esto debería preguntárselo a alguno de los Serios, pero ocurre que cada vez tengo menos ganas de hablar con ellos. Y a ellos parece pasarle lo mismo conmigo, me doy cuenta aunque no me lo digan. Ruth, la Blanca, se para de espaldas a nosotros bien en el medio del cuarto. Yo noto que hay una marca en el piso, hecha con pintura azul, y ella se cuida de pararse muy exactamente sobre la marca. Durante un largo rato los tres nos quedamos en silencio. Lo único animado ahí dentro es la tela del camisón blanco de Ruth, que ondea muy sutilmente sin que yo sepa porqué. Alguna corriente de aire. Alguna de sus extremidades rezando alguna ceguera. O han de ser todas las palabras enredadas en sus rayos. Sé que Ruth, la Azul, quiere hablar. Que necesita hablar, en realidad. O hablarse. Pero el hecho de que la Blanca me haya llamado específicamente a mí, le deja muda de reacción toda la voluntad ficticia que a lo largo del tiempo supo construir. En parte me da pena su silencio y me da ganas de acariciarla, pero esa es otra de las cosas que he olvidado con los años. Y no, no creo que los Serios sepan enseñar eso. Nunca los vi acariciar a nadie. Ni pedirlo. Y el oráculo dijo que el cisne planea, pero no acaricia el agua.

A esta hora me doy cuenta de que ni siquiera sé si es de noche. En este Asilo no hay ventanas que informen nada y una vez escuché decir a uno de los Serios que las ventanas sólo causan desesperación. La única que se atreve a imaginar negruras y soles es Ruth, la Blanca. En sus discursos, ese reloj marcó muchas veces el compás de la admiración en muchas caras, la sola idea de la ubicación del tiempo que atraviesa únicamente un universo de palabras. Ella sola se anima a decir qué es o qué no es, más allá de lo que no se llega a imaginar. Yo me callé siempre y supe que mi ser red, en esas circunstancias, pasaba por alentar el devenir de las cronologías que salían de su boca. Y me pregunté, tantas veces como pude, si valía la pena saber el estado de salud de ese reloj. Pero nunca me contesté.
A esta hora me doy cuenta de que no estoy preparado para aclararle nada. Que debía haber pensado en algo, al menos tener preparado algo, un saber, una certeza, una definición que la hiciera suspirar y entrecerrar los ojos, como cuando me aceptaba calmar la aguas para que las palabras naden en cada roce con el agua, por más que ambos supiéramos que todo no era más que una mutua conveniencia.

Ruth, la Azul, está en mi cabeza, pero no pretende escuchar mi pensamiento. Se pasea incómoda como quien pregunta qué cosa se supone que vamos a hacer. Y mi pensamiento, que es apenas como una fogata solitaria en una playa sin gente que le saque fotos, la mira caminar por dentro enmudecido, endurecido en su turbio mecanismo de relojería manchado de pasado. Sé que esto la enfurecería, si acaso ella pudiera tener tal sentimiento, pero sólo atina a refugiarse en la textura de su abrigo azul, que es algo similar a una metáfora de la impotencia, con su alto cuello, que es la metáfora de la asfixia que causa esa impotencia.
La mano derecha de Ruth, la Blanca, interrumpe todo esto haciendo un gesto. De espaldas, sin mirarnos, esa mano indica que me acerque. En la quietud del cuarto, es un pájaro demostrando cómo volar sin aire. Con mi mirada fija en los bordes del camisón que ahora no flamea, doy los pasos necesarios para colocarme frente a ella. El pájaro cesa el vuelo y la mano vuelve a caer sin aire al costado del cuerpo. Ella tiene los ojos cerrados. Miro, por detrás de su hombro, a Ruth, la Azul, que me mira a su vez, desde su silla, desde su abismo que se va poniendo pálido. En esta circunstancia, no puede entrar en mi cabeza. Con la Blanca en medio de nosotros no puede. Nunca supe por qué, pero la presencia física de ella en el medio se lo impide. La Azul lo sabe, y sus manos aprietan las ruedas de su silla hasta clavar las uñas en la goma.  A diferencia de su preocupación, mi ánimo está tranquilo. Aun en mi ignorancia y en mi falta de preparación para esta noche, respiro a un ritmo unísono con el aire inmóvil del cuarto.
—Hay, en el fondo de mis ojos, dos personas. Un hombre y una mujer. Están en un lugar oscuro que sólo tiene iluminación por detrás, como si fuera un pasillo que da al exterior. No se ven sus caras pero no me hace falta. Yo sé quiénes son. La mujer está sentada, pero ella no me interesa. Todo el hilo que mi vida necesitó ya fue tejido. El hombre está de pie, a su lado. Él es el que me interesa.
—¿Vas a abrir los ojos?
Mi pregunta recibe un tramo de vacío. Escucho a mi corazón latir un par de veces mientras la mujer que tengo parada enfrente acaricia el silencio con encanto.
—Claro. Voy a abrir los ojos, pero será la última vez.
Percibo nítidamente el ruido de la silla de ruedas al moverse, pero al instante la mirada fría y dura de Ruth, la Azul, me convence de que no ha tocado su ánimo en absoluto, de que resiste en el lugar. Y de que el ruido sólo ocurrió dentro de mi mente.
Al volver la vista a Ruth, la Blanca, sus inmensos ojos abiertos casi me tiran hacia atrás. Sin que entienda nada, con sólo un par de líneas de instrucciones que ahora mismo no recuerdo del todo, siento tan claramente como los mosaicos de aquella tarde, que el cisne gris te mira. Aunque, me interesa aclararlo, su mirada no está puesta en mí.
—No puedo cerrar los ojos, porque prismas sin sol no lanzan colores. Y la imagen que me interesa es sepia. Y el hombre parado dentro de mis ojos viste la oscuridad, el traje típico de mi ignorancia. Ahora… por lo que más quieras… y porque me va la vida en esto… por favor, necesito que mires adentro de mis ojos y me digas si el hombre parado tiene los brazos cruzados.
Yo me acerco lo más que puedo a su cara y, con mis ojos tocando sus pestañas, miro lo que no entiendo que pueda llegar a ver. Pero sí. Es verdad. En la negrura más honda y absoluta de sus pupilas hay una imagen. Tal cual la había descripto, una especie de pasillo oscuro, iluminado tenuemente por detrás, como si diera al exterior, con dos personas. Una sentada, con aspecto de mujer, y una de pie. Un hombre.
Noto su respiración cada vez más agitada y su cuerpo como si contuviese un temblor que la aletea en el abismo. La concentración inmensa en la que me abstraen sus pupilas casi no me deja sentir que Ruth, la Azul, se ha movido de su lugar, ha rodado con su silla hasta colocarse lentamente de costado, para poder eludir la interferencia con mi mente. Y desde allí me grita con un pensamiento de desesperación ronca dentro de mi cabeza:
—Si alguna vez apreciaste su vida, ni se te ocurra decirle la verdad.
No puedo verla, no puedo mirarla directamente sin sacar los ojos de las pupilas de Ruth, la Blanca, pero no me hace falta eso para ver que se le caen las lágrimas de los ojos y que mojan, como gestos en el vacío, su pullover azul.
—Contestame, por favor. Queda el sol olvidado y mis párpados se hunden danzando junto al cisne. Contestame.
En mi mente busco una respuesta que no sea la verdad, la que estoy viendo en sus pupilas, que no sea la que desgarra a Ruth, la Azul, pero que, a su vez, sea la respuesta. Y acuden los mosaicos fríos de aquella tarde. Su última frase y su idea.
—El hombre está parado, al lado de la mujer que está sentada. Pero no. No tiene los brazos cruzados.
Un tenue movimiento en sus brazos me da la idea de que esto la ha desconcertado.
—¿Y qué está haciendo?
Ahora son mías las lágrimas que se van cayendo de a poco.
—Ruth… el hombre está soñando.
Necesito mirarla y me separo de sus pupilas. Unos centímetros. Lo bastante como para verla sonreír tan inmensamente como nunca la había visto. Sonríe con todo su cuerpo, enarbolándose de velas que trocan su camisón blanco en viento de nieve. Se agita. Se abraza. Se rodea con sus brazos y se contornea hacia el suelo, ovillándose en un remolino blanco que semeja una ola rompiendo en la costa.
Me agacho para mirarla, pero su cabeza se entierra entre sus rodillas. Sólo escucho su última frase, clara y cristalina, ineludible en su tono supremo de felicidad:
—Necesito morir mi respiro de agua entre su sueño.
Apenas logro pensar en la frase, llevármela en sentido y significado hasta la tarde aquella de mosaicos fríos, cuando miro en derredor y el lago salvaje de sangre se agiganta debajo del blanco del camisón. Una caja de crayones rotos. El cisne gris se ha detenido en mi espalda, húmedos también sus ojos y silenciado su vuelo. Y los dos nos quedamos contemplando el agua que ya no se puede tomar.

Algunas horas después, estamos fuera del cuarto, en el pasillo, con Ruth, la Azul. Los Serios están adentro haciendo las cosas que ellos hacen cada vez que alguien se va. Se mueven, caminan, limpian, preguntan, miran, anotan, hablan seriamente entre ellos.
Yo necesito decirle algo a Ruth, la Azul, algo que creo que ella sabe.
—Ruth, el hombre parado en sus pupilas… tenía los brazos cruzados.
Ella lleva un par de horas con las lágrimas vueltas roca adentro de sus ojos. Y su rostro contenido en un gesto de final perpetuo.
—Lo sé. Y también sé que la mujer sentada, por si no llegaste a verlo, estaba sentada en una silla de ruedas.
El último de los Serios sale del cuarto y cierra la puerta con llave. Nos mira unos segundos en silencio y se aleja caminando por el pasillo.
Ruth, la Azul, toma las ruedas de su silla como para marcharse, pero se detiene un instante pensando. Y luego me habla, mirándome con un brillo seco que me arruga el aire del pecho.
—Por las dudas, si alguno de los Serios te llega a comentar algo acerca de la muerte de tu hija, no les hagas caso. A ellos les gusta mucho inventar historias.
Ruth, la Azul, se marcha rodando sola por el pasillo.
Yo me siento en el piso y me abrazo a mis rodillas.
Queda el sol olvidado, que no sabe resolver crucigramas, con todas las palabras enredadas en sus rayos.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Ciervos serenos

Vivía al borde de un nacimiento perpetuo.
Nunca luz bizarra, nunca ceguera transparente.
Sólo olfato nadando
grato y yuxtapuesto
en la llanura del sueño menos salvaje.
Y el olvido.

Sugería la receta y firmaba la pared
con el graffiti sonriente y desalmado.
(Abierto al público, cerrado al cielo cierto.)
Y la mentira.

Nunca lo decía, nunca.
Siempre lo negro y la voz del cuello
engarzada en las espinas.
El ombú sueña espinas,
se murmuraba entre dientes
de león.

El corral se enllamaba
cuando dos ciervos apagaron
la luz.

lunes, 12 de octubre de 2015

Que así sea

¿Cuántos han muerto equivocados?
Insistidos en su alma trompo.
Concéntrico juego de espejos
que estalla noche tras noche,
sin que nadie recoja los pedazos
cuando amanecen al fin las certezas.

¿Cuántos fuegos de plata negra
violaron miradas de seguridad imbatible
tornando la duda en tumor sosegado,
latente,
austero pero medible,
con toda facilidad,
en cualquier escala sísmica?

Y mueren equivocados.
El repique de los terrones,
lluvia seca y última que ya no ilumina,
desmiente toda tésis
hasta la carcajada más solitaria,
más insultante,
más fría,
que la propia piel
de sus creencias.

lunes, 9 de febrero de 2015

Crónicas de la Cúpula

Fotografía: Pablo Baico
I

La pequeña torre en forma de cúpula, con detalles varios entre lo barroco y lo añejo, de ese color verdeolvidado típico. Asoma entre los edificios que la rodean, que no son nuevos, pero están presentes. La cúpula no está presente. Es un recuerdo enclavado en el hoy real. Es un testimonio de que un recuerdo puede tener cuerpo y espacio fuera de su historia. Ser concreto. Materialmente está ahí, se puede ver y tocar, pero su estilo es tan distinto a lo que la rodea (encima, sobre, pegado, casi aplastando) que nítidamente se deforma como se deforma un recuerdo. Se diría que resiste, pero es mentira, porque no tiene a qué resistirse. Nadie la ataca. No está ahí. Cada edificio que la circunda está más preocupado por su propia vejez, por su acelerada enfermedad que se llama actualidad. 

Estos ventanales, cuatro consecutivos ocupando toda una pared, me traen esa imagen de recuerdo enclavado en presente, en un retazo oblicuo de ciudad que se embebe en metáforas desgastadas a través de los vidrios sucios. 

II

Hoy llueve y la cúpula cierra los parpados, soñando una ciudad que desgaja latidos en su memoria. Sólo en su memoria de paredes curvas. Esa sombría dimensión en la que nunca voy a entrar. Ni yo ni nadie. 

Dos pájaros en dos cables diferentes le dan la espalda. Vigilan que la lluvia no cese y que sus plumas no sequen su memoria de cielos encerrados en la cúpula de un huevo materno. Cúpula, pájaro y pájaro. Los tres en silencio pincelan el gris de la mañana en un lienzo que el tiempo les presta. 

III

Ahora un sólo pájaro queda. Encoge sus patas y descansa sobre el cable. (La cúpula envidia las patas y el descanso, desde su jerárquica arquitectura autista). Mira la ciudad que se extiende bajo su pico, ese sueño que su madre le borró de las alas para que pueda volar junto a la cúpula real. El verdeolvidado es tan igual al color interior de sus alas que acaba por lagrimear.

IV

El pájaro se fue. La última vez que no lo vi, dicen que lloraba de risa imaginando que era ciego y que conocía a la perfección el interior de mi ventanal y los rincones de mi encierro. La cúpula calla. Pero deja que el eco de sus curvas se vuelva cómplice de esas carcajadas. El último pájaro de los dos se fue. Los cables están vacíos. No lloran ni derriten plástico.

V

Volvió un pájaro. Le da la espalda a la cúpula y ella no se la acepta, soberbia en su verdolvidado eléctrico por la lluvia. Se limpia las plumas con el pico buscando un renacimiento en forma de viento azul. No quiere caer más. No quiere que la lluvia le arrase las alas de lágrimas ante la indiferencia. Mientras, ella empuja la tarde para que la noche de su interior se sienta cómplice. 

El pájaro vuela del cable. Ventana sola. Espera.

VI

Pájaro parapetado detrás del cable. La cúpula le miente que un cable puede esconderlo. Pero él es tan feliz en la inconciencia de creer que esconde sus alas del aire azul. Las ventanas redondas de la cúpula parpadean insensibles.

VII

Enero. Le convido un mate a la cúpula. Sonríe, mientras el sol le está maquillando el semicírculo del lado este. Hoy esperaba verla en el piso. Se lo digo, mientras pensaba en callarlo. Pero ella está embobada con su maquillador y me contesta que aún no han llegado los pájaros. Luego de un rato me pregunta (se pregunta) por el piso. Pero yo soy respetuoso con los terrores ajenos y le tejo sombras de ventanas ovales con argumentos de plumas en acordes de gris.

VIII

Diez aeme. Tres cables bailan por fuera de mis vidrios pero se burlan del viento. Son torpes. Apenas saben agitarse un poco. Temo que la cúpula repare en ellos. Me da vergüenza, porque ella sigue en estado de belleza, maquillada de sol por el este, y estos cables apenas si pueden exhibir alguna curva maltrecha, desgarbada, desairada de toda armonía.

Llevo la vista por detrás de ellos justo para ver a una ventana arrojarse al vacío a través de un hombre inmutable. 

No, pájaros aún no. 

Escucho en el satélite más próximo: "claro, para el cielo es fácil porque no tiene que andar recargando crédito, puede llover cuando quiera, incluso a larga distancia". Del otro lado suena una canción verde, ronroneando majestades de agua y mi mirada sigue en la ventana. Los cables ya no bailan. Un minuto de silencio por el movimiento que ha dejado de acaecer. 

Abajo, nueve pisos más abajo, en la carpintería de turno organizan el velorio de la ventana arrojada. 

Y no, me dicen que al vacío no lo van a invitar.

IX

Casi las once. Casi un equipo de fútbol. El maquillaje del sol debe ser a prueba de agua porque, a pesar de que no llueve, la cúpula tiene los triglicéridos de la vanidad altísimos, inflamada de brillo, con el ego barnizado de cielo marmóreo. Y no me mira. Ayer (todo lluvia, nube, barro y grisedad) me miraba. Me buscaba. Hoy, ni pájaros. Todo sol y cables. Si no fuera porque tengo los brazos cansados y el mate a punto de lavarse, montaría la luna sacándola de su órbita de caballeriza obcecada y arremetería contra la soberbia del sol, trayendo la noche en la mochila para que todos aprendan. 

Mentira, sólo para que la cúpula aprenda. ¿No hay más pájaros?

X

El vidrio del ventanal se sienta a mi lado. Le preocupa saber si se notan mucho las tres rajaduras que tiene. Sí, se notan. Incluso, cuando el sol les desafía el filo y los recorta contra el cielo, acaban por parecer una cordillera transparente con aires de neón. Pero para ella son las arrugas que identifican su vejez. Hoy, que es día de ventanas arrojadas, no le voy a decir nada. El sol ya no maquilla el este de la cúpula, ahora la baña por completo y ella duerme. En su interior hay un dios que se quedó a pasar la noche y ahora lee las escrituras pasa saber si aparece en algún capítulo. La cúpula desayunó con él temprano, antes del amanecer, y ahora la última media tostada se ilumina con el sol maquillador que se mete por la ventana redonda. El dios lee. La cúpula duerme. El vidrio regresa a la ventana, deprimido, viejo, rajado. No sabe lo lindo que es cuando se vuelve cordillera de neón. ¿Un mundo sin pájaros?

XI

Doce menos cinco. ¡Apenas como un rumor escapó un aleteo coordinando su vuelo con el parpadeo de mi mirada! El ventanal acomodó sus arrugas con mirada cómplice. Ya el mediodía puede partir el mundo al medio en paz.

XII

Cabe aclarar que el mundo se detuvo. Afuera todo está estático y la luz se puso de pie. No se escucha bailar a los cables. Quisiera poder decir que la cúpula está en el piso, pero cualquiera puede ver cómo se enrosca con el azul irrespetuoso del cielo. Un comunicado oficial da cuenta de pájaros atrincherados en el anonimato de un viento transparente. Se esperan novedades a la brevedad. 

XIII

Ahora oscureció.

XIV

Viernes. Pájaros. Los pájaros son viernes en vuelo. Y éste se mantiene sobre el cable como un miércoles de presente perfecto sin feriados. O como un puente labrado en hielo de océano. A o sea. O sea que el sol hace su mejor esfuerzo de las diez de la mañana para arrancar un aplauso del pájaro y nada. Abuchonado de espaldas a la cúpula, que cabecea en su asiento de subte. Se le hizo tarde esta mañana y ha dejado al edificio sin techo, sin terminación, sin fin. Miro y veo una cúpula, yo sé que no es ella, es un cartoon mal encuadrado. Su verdeolvidado original es imposible de falsificar. Viernes. Pájaro que vuela. Retornará más tarde. Porque de algo hay que morir, o volar.

XV

Cualquiera diría que es una nube. Yo sé que es humo disimulado que sale de la cúpula. Está quemando al dios por dentro, porque lo encontró decidiendo el destino del universo a escondidas con un GPS, y los gritos de "recalculando" no la dejaban dormir. El verdeolvidado disimula, pero el último pájaro vuela en círculos y me mira como quien sabe qué sabor tiene un grito en el cielo.

XVI

Ha pasado el mediodía. Una increíble masa de estómagos hacen digestión y, sin que ningún cable se agite de más, la cantidad de litros y litros de jugo gástrico no ahogan la ciudad por el sólo y piadoso hecho de aceptar vivir encerrados entre camisas y vestidos de ocasión. La cúpula aparenta tranquilidad y desapego al devenir histórico de todos los santos que marchan por la avenida. (Espíritus, son espíritus, me había dicho una vez, por eso nadie los huele.) Pero las ventanas redondas tienen contornos oscuros delineando los márgenes. Son lágrimas de sombra. La cúpula llora sombra. La miro como quien dice: nadie crema a un dios entre dos o tres tostadas y encara el día como si nada, como si el subte tardase o si los pájaros se pegaran el faltazo a sus cables. 

XVII

Apago la luz acá adentro. Callo al silencio. Cierro los párpados de la historia. Y me pongo a espiar por el ventanal, desde la nada. Lo sabía. La cúpula tiene el rímel corrido. Todos los circundantes edificios, malparidos malqueridos maltrechos malquiciados y en estado de ebriedad, carcajadean con sus paredes chorreando sol en la fiesta de la tarde. 

Y ella, sola. 

Pretende que la intimidad con unos gramos de cenizas de dios le bastan. Malentiende solar por solaz y soledad por sobriedad. Pero cuando el aire acondicionado azul que instalaron en el arco iris le confiesa que los pájaros, esos ausentes que le duelen, están colgando la piñata de la fiesta entre inflada e inflada de globos terráqueos, se quiebra en carraspeos de sombras que huelen a fastidio.

XVIII

Sábado que se llena de plumas. Pájaro ondulando sobre el cable. Una mecedora avícola. (¿Quién la aguanta hoy?) (¿Habrá visto cuando la fotografiaba?)

Los pájaros se alternan cruzando con líneas grises el cielo. Horror o placer, uno de ellos se sentó en la mecedora a mirarme por la ventana. Tengo su pico clavado en mi culpa y no puedo evitar sentir cómo el sol dibujado en plata le baña las alas plegadas. Dos aviones y cinco subtes de silencio me tuve que aguantar hasta que habló, haciendo ondas espiraladas en el vidrio líquido que no nos separa. Igual que la mañana. Quiere que no lo relacionen con la cúpula, que finalice toda mención a sus vuelos, que desvíen treinta y siete grados al oeste la trompa del satélite que, dice él, lo enfoca aletargado y, también según él, le perjudica el brillo de las plumas. "La radiación", me dice. "Está comprobado", agrega, moviendo el pico. Treinta y siete grados son muchos, y se lo digo, es casi fiebre. Pero cuando vuelvo a mirar el cable oscila vacío. La mirada de la cúpula es un riel de hierro verdeolvidado calando mi parietal como una sandía. Sin embargo no le hablo. Hoy es fotografía. Imagen, no palabra. El último día es de imagen.

XIX

La cúpula se levanta las solapas de sol. Es un sábado en el que pretende no ser protagonista, pero su vanidad le juega en contra. 

"¿Nunca te hablé de mi hermana?" 

Escucho, en medio de los cables, palabras como pelotitas de ping-pong rebotando contra las ventanas de ojos negros. 

"Está al lado mío, vive mi paralelo y, respetando la religión de la geometría, estamos destinadas a jamás tocarnos." 

Un pájaro pasa en medio de las dos, como subrayando ese aire que ninguna de las dos tocará en su vida. Mi ventanal sonríe con una mueca de desesperación, como si quisiera que yo entienda que él es parte de la misma religión geométrica. La cúpula se prende fuego, verdeolvidado enardecido que truena arañando el aire con estas llamaradas: "¡las ventanas son paredes mutantes que deforman la realidad!... ¡son unas obscenas que se dejan acariciar por las gotas de lluvia!... No sé qué decir y callo. El pájaro mediático regresa por su camino de ida y las palabras lo incendian, tornasolándole el vuelo y dejando una estela de humo color pluma en depresión religiosa. Quiero que suene el teléfono. La imagen es el último día.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Plastificado sea tu nombre


La mujer sentada del lado de la ventanilla reza el rosario por un celular. Del otro lado de la línea, Dios coloca una frutilla sola en una vereda. 
El edificio antisísmico oscila cuarenta y ocho milímetros mientras el sol casi se hunde en la línea del horizonte, y dentro del pecho de la chica la respiración se entrecorta al ver la foto. 
Sálvame, seas quien seas, piensan en el fondo del pozo. 
La bandera no acaba nunca de ondear y él empieza a bajar de la montaña. 
"Luego de finalizar el Salve, oprima la tecla numeral para salir y enviar, u oprima la tecla asterisco al fin de cualquier Padrenuestro para salir sin enviar". 
Colgando del árbol de la vida, movida por la corriente del río debajo, la túnica a medio rasgar medita en flores por nacer para el día siguiente. 
Hunde las monedas en la ranura y su ansiedad estira las manos hacia el vaso blanco de café; lo mira como si por dentro lo recorriera el último milagro de la humanidad. 
Sálvame, aunque me lleve el pozo por alma, piensan sentados en la sala de espera, mientras la secretaria azul le marca el bajorrelieve rojo de su futuro al ajedrecista que sonríe. 
La pisada, a cuarenta y ocho milímetros de la frutilla sola en la vereda se finge apurada, pero sus bolsillos no flamean por el peso y él apenas piensa en llegar peinado al ascensor. 
Dientes. Muchos dientes. Hay miles de dientes humanos en ese pozo desenterrado y la mirada de ella semeja la transfiguración de una virgen, pero su compañera sólo medita en hacer un chiste sobre un odontólogo psicópata y apaga la linterna de su casco, dejando a oscuras la tapa de la Biblia que comienza a quemarse en silencio. 
La bandera se detiene y el sexo del viento frota su mástil, pero él calcula mal la piedra y quiere evitarle a sus oídos el sonido del hueso roto. 
La sala de espera se vacía y el ajedrecista ya no sonríe pero, con sus dedos manchados del futuro rojo de la secretaria, saca una tarjeta personal de su bolsillo que no flamea por el peso. Alcanza a ver su rostro reflejado en los cristales de cada ojo de ella. Está despeinado.
"El número solicitado está fuera del área de cobertura". Del otro lado de la línea, la túnica rasgada florece en frutillas de septiembre y el árbol de la vida tararea una de Elvis sin saberse la letra del todo. 
Apura el último trago de café y mira el fondo del vaso blanco: la borra delinea la forma del edificio antisísmico cuarenta y ocho minutos antes del derrumbe. Pero la chica aprieta la foto ahora contra su pecho bañado en arritmia y él deja el vaso en el cesto de basura de la estación. 
Llenan el balde con dientes, muchos dientes, todos dientes humanos, y su compañera imagina un cine con un balde de pochoclos en su falda, mientras en la oscuridad de la sala la Biblia sigue ardiendo en el fondo. 
La bandera reza, plegada al mástil, un hastío de nieves eternas, pero él sabe que eso blanco que sobresale de su pierna es el fémur y que ya no saldrá más de allí. 
"Sálvame, lo quieras o no", dice la tarjeta del ajedrecista y la secretaria siente derretirse todos los cristales del pasado. Odia la sala de espera vacía como odia el sonido del torno del odontólogo erizándole el vello de la nuca cuando está en ayunas. 
"El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio". La mujer se levanta, olvida la ventanilla y toca el timbre para bajar.
Dios guarda la túnica ya deshilachada.
Apaga el árbol de la vida sonriéndole a la última luciérnaga.
Vacía el balde de dientes y guarda el río adentro.
En la Biblia, ya el Apocalipsis se está quemando.

martes, 27 de agosto de 2013

La genética de tus brazos

Desmembrando noches como inciensos paridos al sol,
ocultos en aroma y color por la tormenta más rubia de todas,
la desangelada de pesares,
la flambeada en los cierres de temporada,
la occisa asombrada de amaneceres gitanos.

Vas a tener frío en la enredadera genética de tus brazos.
Olvidar cómo giran los deseos en cada semáforo roto.
Vas a grabar las voces en fanfarria de todos tus muertos.
Sanar como último recurso para evitar reencarnar en fuego.
Vas a plegar las olas de tus ojos en un sueño de acero tibio.
Conformar arquitectura de olvidos en tazas de café frías.
Vas a subir escaleras que caen al regazo de una madre breve.
Destruir el tejido óseo de una mirada inflamada de silencio.
Vas a respetar la muerte en una cena de egresados simbióticos.

Dulce corral de colores hastiados,
hasta el cuero deforme de tu sangre encrespa
la latitud yerma del pasado, borroneado en sillones ahora vacíos.
Semblantes cerrados.
Inciensos copulando nubes.
Oxígeno desangelado de futuro.

Y todo el río de sangre sin alma
que se acuesta conmigo en cada noche
a vigilar que la fiebre nunca baje.

domingo, 25 de agosto de 2013

El sueño de las Magnolias

Fotografía: Pablo Baico
Amanezco en el Jardín del Edén.
Un horror de verde en manto,
me cubre los senderos hacia el abismo del deseo.
Magnolias que recitan sonetos ebrias
se clavan en mi espalda,
haciendo de mis vértebras un condominio
por donde pasean la amistad con Cronos
de sus tallos.
Cada pétalo llega a horario
al servicio de sonrisas,
transfusión de sangre filtrada en vino,
estío de plumas que desmayan aires
en toda ocasión de azul cuento.
El árbol de la vida acusa churros
rellenos con dulce de leche,
en ramas de impertinencia que exasperan
al ángel de la clonación a sueldo.
Furia de ángeles. Churros al viento y niebla dulce,
con leche de melancolía que trae
vacas espantadas de karma en formato
sachet sacro.
Eva cuelga la ropa de sus ramas
y escurre el vacío de sus senos,
en pezones que silban tormentas añejas,
recordadas en el frío de la nieve subconsciente.
Antes de nacer al grito montado en río,
tres cabras ayunas de ojos fríos,
ciegas de mirar clamando,
desarman en tornillos color hueso
el puente color yeso
de la aurora color hijo.
Nacen desolando la noche de fuegos,
con asomo a salmo sincopado de infantas en celo.
Viejo el Dios, cansado de jugar con genes,
apaga el sol de alumbrado público
y recuesta universos troquelados en hilo de noche.
Las magnolias sueñan frío en mi espalda.
Y la veo llegar.


martes, 20 de agosto de 2013

Apenas

Restos golpean contras las piedras. Maderas podridas, astilladas, quebradas. Las olas las empujan sin ganas contra el borde de rocas. El sol arriba, ajeno a la nostalgia esa de lo que fue una construcción. Nadie mira. Nadie sabe. Todo es desierto. La voz de las olas, monótona, impecable en su ética de confesar todo lo arrastrado, sisea en el viento. Concesión perdida de sonidos que nadie escucha. Pérdida furiosa de tiempos y olvidos. Maderas amnésicas de árboles. Costa ciega. Pájaros sordos que no se detienen. Rocas mudas en un eterno encogerse de hombros. El sol arriba, tajea el cielo para otros. Otros seres. Otros mundos. Otros días.
Y todo eso por dentro.
Apenas todo eso.
Restos.

martes, 13 de agosto de 2013

Sueño torpe

Imagino la parte más hostil de mi cerebro
como un campo sembrado
de agujas
por la acupuntura desquiciada
que pretende una cura
donde sólo hay un sueño torpe.


Si despierto, no duele.
Si duermo,
la sombra de cada aguja
deforma renglones en donde
se van descubriendo todas las palabras
que alguna vez,
en el más infinito y erótico silencio,
me supiste decir.

sábado, 3 de agosto de 2013

El fuego de los ojos en sueño

Vení pronto,
urgente, volando,
vení ya mismo,
vení corriendo
a través de las llamas,
arrastrando el tiempo,
vení por sobre todo,
perforá las nubes,
licuá el cielo con las uñas,
soplá rutas con dientes apretados,
vení en olas salvajes,
vení tornando lunas en balas,
pero vení,
urgente,
vení montada en gritos de hielo,
pero vení,
vení a morder el tiempo cocido,
lo dejamos en horno de sangres
envenenadas de alegría hasta el latido,
surtidor de deseos más grandes
que nuestras pieles juntas,
porque siempre juntas
y sólo juntas
se pudieron medir,
entonces vení,
con la desesperación de la tormenta,
con el fuego de los ojos en sueño,
pero vos vení.